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El latigazo eterno de Monzón
Por Osvaldo Principi
La nación Online
Sería difícil precisar si las victorias de Carlos Monzón frente al italiano Nino Benvenuti alcanzaron la graduación de "hazañas del ring". Pero aquellas peleas, efectuadas en Roma y Montecarlo, tuvieron una particularidad: el efecto de gloria, euforia y asombro que desató la aparición del "fenómeno Monzón" en la Argentina y la resistencia y el rechazo eterno, que aún los italianos profesan por la caída de Nino, frente a un flaco desconocido y de corte indio.
Seguramente, los 35 años que hoy consume aquel KO de Monzón, el 7 de noviembre de 1970, en el Palacio de los Deportes, no será ajeno a la capital italiana. Y algún parlanchín de la Piazza del Poppolo, argumentará: "Si Nino esa noche hubiese..."

Roma y casi toda Italia jamás aceptaron la superioridad de Monzón sobre Benvenuti. Y siempre buscaron una historia adicional para opacarla.

En abril de 1987 acompañamos a Monzón a los estudios de la RAI. Allí se reunía, otra vez, con Benvenuti. Y eso a Monzón lo hacía muy feliz, a casi 17 años del célebre derechazo en el 12º round. Fuimos junto con Tito Lectoure para desafiar a los fanáticos itálicos, que en el programa "Esplorando", animado por Mino D´Amato, buscaban una respuesta demagógica a una pregunta que pretendía cambiar la historia: ¿el mejor Benvenuti hubiese perdido con Monzón? Y así montaron, entre datos absurdos y computados, "La pelea ideal" entre Carlos y Nino.
Diez minutos después de comenzado el vivo, Monzón consultó: "Muchachos, ¿de qué manera consideraron mi victoria?" Nadie contestó. "¡Pregunto por última vez!", señaló el santafecino. Y alguien, desde el fondo, dijo temblando: "El combate para nosotros terminaba empatado".

Monzón salió ofendido del estudio. Benvenuti se puso de pie y con tono hidalgo ordenó rever el veredicto: "Monzón me hubiese ganado en cualquier tiempo de mi carrera. Además, comprendí, a medida que él crecía, que mi campaña había tenido un cierre fantástico al ser Monzón el encargado de retirarme".

T
odos aplaudimos y nos dimos cuenta de que aquel clásico de 1970 mantenía los códigos intactos. Nos dimos cuenta también, aquella noche, de que un buen hombre y un buen campeón se parecen demasiado.